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Pol韙icos espa駉les: m醩 emoci髇 que liderazgo
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Almudena Collado 13/04/2016

Liderazgo se traduce en influencia y poder. Un líder es una persona que sabe marcar objetivos y consigue que los demás le sigan. Sería difícil definirlo pero, sin embargo, se reconoce inmediatamente en cuanto lo ves. No son necesarias unas características especiales a priori típicas como la extroversión o el carisma (Albert Rivera fue descubierto por el orden alfabético de una lista), ni siquiera es algo genético, puesto que la eficacia del líder aumenta después del entrenamiento, pero tiene una diferencia clara con un jefe cualquiera, que es la capacidad de influencia y de inspiración. Es una mezcla entre la “potestas” y la “autoritas” de los griegos, entre lo formal y lo moral. Vamos a verlo en ejemplos.

Teresa de Calcuta, Lenon, Kennedy o Luther King tenían en común que poseían una visión contagiosa, ambiciosa, de transformación del mundo. Este es el liderazgo entendido como rasgo de personalidad. Pero Forest Gump, por ejemplo, sería un caso de líder por su conducta, es decir, consigue que otros hagan lo que no quieren, aporta soluciones a problemas que plantean los seguidores sólo por su comportamiento. Junto a ello, hay otro enfoque mucho más novedoso que va desde el liderazgo carismático (no siempre positivo) al ético.

Pablo Iglesias, carismático y narcisista
El líder de Podemos cumple las dimensiones de esta nueva perspectiva: tiene visión de un futuro mejor, asume riesgos personales (cuando dice que ya no se puede tomar una caña en la calle y se sacrifica por la democracia), tiene sensibilidad con el entorno (necesidad de cambio originaria en el 15-M), sensibilidad con los demás (su discurso clama contra la injusticia, los desahucios…), y tiene una conducta poco convencional (hace que la gente lo vea distinto en programas como El Hormiguero, aumentando las emociones positivas). Los líderes que se ajustan a este perfil tienen cierto componente narcisista que, por otro lado, les ayuda a mantener tal sobre-exposición mediática, por eso, Iglesias le dice a Ana Rosa Quintana que tiene suerte de haberlo visto con el pelo suelto al salir de la ducha como si esa estampa común tuviera algo de extraordinario.

Pablo Iglesias no deja nada a la improvisación, usa ropa clara como símbolo de honradez y bienestar, y se sube las mangas para significar que se halla en activo. Es la figura más cercana al “Yes, we can” estadounidense, una campaña impecable comunicativamente, como se ha estudiado posteriormente. En el famoso debate a cuatro de la última campaña electoral, su mano en el pecho, su discurso perfecto y simple, dicotómico con dos variables - “no olvidéis” (en negativo) y “sonreíd” (en positivo)- hacen que hasta le sobre tiempo de discurso. Hay que recordar que Iglesias ha cambiado mucho su oratoria desde aquel ceño fruncido con el que le hablaba del amor por su ex novia a Risto Mejide en aquel programa enterrado por el share y los intereses multimedia. Su carisma se traduce en una visión innovadora, discrepante con el status quo, apela a las necesidades de alto orden, usa la identidad colectiva compartida (“la gente” como término clave), metáforas e imágenes, y transmite esperanza de futuro y capacidad de alcanzar objetivos. Es importante porque produce emociones muy intensas. Además, tiene un humor de barrio de Vallecas que transmite cercanía, aunque grite democracia interna al mismo tiempo que elige sus cargos a dedo.

Sáez de Santamaría, encorsetada; Rivera, demasiado nervioso
Otros líderes políticos se acercan de manera muy distinta al universo de la comunicación política. En aquel debate televisivo, Soraya Sáenz de Santamaría resultó poco natural, había memorizado el texto como quien da la lección en un aula, parecía tensa y no sonrió en ningún momento, no transmitía algo positivo, es más, dio una imagen autoritaria. El suyo se ajusta al perfil de mujer directiva que para sobrevivir se asemeja al rol masculino, da la sensación de que tenga que ser más dura para ser creíble. De hecho, ni siquiera le hizo falta la baja de maternidad.

Pedro Sánchez hablaba demasiado rápido, tenía un discurso muy elaborado y serio, su buena planta no es suficiente para conseguir una oratoria eficaz y alienta el miedo de su interlocutor avisando de todas las cosas malas que le pueden ocurrir si viene el lobo de otro partido político diferente al suyo.

A Albert Rivera le traicionaron sus nervios, el baile del cuerpo, el movimiento excesivo de manos con las que a veces se tapó la cara, ahora bien, sonríe al final y da una emoción positiva. Sin embargo, transmite indefinición de su electorado al decir “cuanto con ustedes, cuento con vosotros”, no está clara la franja de edad que vota a Ciudadanos.

En busca de nuevos modelos
Los líderes españoles, en general, no son capaces de suscitar emociones positivas. Al final, todos parecen tener una visión instrumental de los ciudadanos para conseguir lo que quieren: persuadir, controlar la situación y atraer la atención. Si no, ¿por qué vamos a unas nuevas elecciones que nos cuestan a todos los españoles casi 200 millones de euros? Porque no son capaces de medir sus “egos” y porque Mariano Rajoy ha adoptado la postura “laissez-faire” de no intervenir hasta que se resuelva. El presidente en funciones, lamentablemente, tiene mucho de hombre gris, su discurso está basado en un número y no transmite nada emocionalmente.

Necesitamos modelos de rol, no iconos de opinión como Belén Esteban o cierto integrante de Gran Hermano por el que se manifiestan 11.000 personas en Sol pidiendo su salvación en una casa de reality.  Necesitamos personas que inspiren y motiven, influyan y atraigan, persuadan y controlen las situaciones con honestidad, con alta competencia y alto compromiso, líderes que distingan movimientos estudiantiles de partidos políticos y que en comunicación superen al resto, gente que se conozca a sí misma y reconozca sus debilidades, que tenga Inteligencia Emocional y parezca que las cosas de Estado le importan, líderes con metas útiles y verdaderas. Tocar la emoción es importante, pero no lo puede ser todo. Este es nuestro resquicio de esperanza. 

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