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Los ni駉s de los futbolistas
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Alejandro Requeijo 24/05/2016

Lo de los niños en las celebraciones de los futbolistas se nos ha ido de las manos. Siento aguar la fiesta, pero es otra incorporación del fútbol moderno que no me convence. Existen pocos momentos en los que se produzca una comunión mayor entre la grada y el equipo que después de ganar una final. He estado en varias, antes y después de la entrada de los niños en el centro de la escena. En una ocasión me tocó incluso hacer de cadena entre una madre y uno de los deportistas para hacerle llegar a su hijo, que en ese momento ya lloraba aterrado al verse pasando de mano en mano entre un montón de desconocidos eufóricos. El silbato del árbitro marca el final del partido y el inicio del recreo. A estas alturas no es descartable que la canción de Bob Esponja desplace al We are the Champions de Queen en la megafonía del estadio. Podrá ser gracioso, enternecedor, bonito, pero choca con los códigos que siempre han marcado ese momento único, irrepetible entre el hincha y sus ídolos. Supone una alteración del paisaje al que, lo siento, no me acostumbro. 

Porque la consecuencia directa es que el aficionado de estadio se ha visto relegado a un segundo plano, otra vez. No son celos, es nostalgia de aquellas vueltas de honor en las que los jugadores se acercaban a la grada para pedir una bufanda y dar las gracias por el apoyo recibido, por el precio de la entrada pagado, por el sacrificio del viaje y los días libres pedidos en el curro. Nostalgia de ese momento en el que los jugadores se fundían entre ellos en un abrazo eterno. Ahora la celebración no es en equipo, es en familia. Y cada uno por su lado, concretamente el que obliga la carrera del peque, no se vaya a perder o a tropezar con algún rival que aún esté lamiéndose las heridas de la derrota sobre la hierba. Ahora la preocupación del futbolista es entretener a sus hijos de espaldas a la grada, hacerse las fotos con el crío o darse besos con la novia para regocijo de las revistas del corazón y el fútbol espectáculo. Habrá quien sostenga que da tiempo a todo, pero la realidad -lo estamos viendo- es que no. 

Cada futbolista es libre de hacer lo que le de la gana en su vida privada, pero mientras esté en el campo se sigue debiendo a la camiseta que lleva puesta y a los aficionados que la sostienen. Al menos hasta recoger la copa.  Apuesto a que los mismos asesores de marketing que les recomiendan esos peinados les instan a que saquen cuantos más críos mejor. Y una vez instaurada la moda, a ver quién es el mal padre que deja a su vástago en la grada mientras los demás niños se divierten correteando por el campo. Empezó como un gesto espontáneo, pero ahora ya no se sabe dónde está el límite si en el futuro se unen primitos, sobrinitos o amiguitos de la guarde. No puedo evitar preguntarme cuántos empates a cero se han tragado esos niños, esas novias todas guapísimas una noche fría de febrero en la grada para venir ahora a ocupar tal lugar de privilegio. Y la última es que los jugadores se suban a los hijos hasta el mismo palco a levantar la copa con ellos para sacrificio de esa foto que estaba llamada a inmortalizar una noche inolvidable o a presidir el cabecero de la cama de niños (y no tan niños) que no tuvieron la suerte de ser hijos de un futbolista.  Ahora en la portada del periódico del día después que pensabas quedarte de recuerdo un grupo de enanos con cara de no enterarse de nada han sacado del plano a tus ídolos. Uno ya no sabe si anoche ganó su equipo o la Patrulla Canina. Lo siento, pero no me convence.

 

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